Se habla del carisma de una persona, de un fundador, pero vamos a hablar sobre todo de la especificidad o de la característica de una orden entera. Con todo, es indudable que el carisma de san Benito debe marcar, de un modo u otro, la orden entera. Para responder a la pregunta de nuestras hermanas, me vino espontáneamente al corazón y al espíritu, y me viene todavía, la definición que san Benito mismo da del monje cenobita en el capítulo primero de la Regla. Y me parece que es precisamente aquí, en la definición que él mismo da del monje, donde podemos encontrar lo que debe ser la característica fundamental de la vida monástica benedictina.
"El primer género de monjes", aquél para el que escribe su Regla, "es el de los cenobitas que militan, en un monasterio, bajo una regla y un abad". Esta definición que san Benito da del monje es, no sólo fruto de sus tres años de soledad, cuando, escondido a los ojos del mundo, "habitó consigo mismo" en la cueva de Subiaco, sino que es también fruto de toda aquella vida de comunidad que él ha establecido -para todos los que quieran entrar en su escuela- como "camino de salvación", como medio para entregarse y consagrarse a Dios. Dicho de otra manera; en esta definición de monje, san Benito, que quiere atraer a los que desean seguirle en su camino hacia Dios, no puede sino decirnos algo esencial sobre él mismo, sobre su experiencia de Dios. Algo, pues, de su propio carisma.
"Los que militan"
El militante es el que se bate para que su vida, y la de los que comparten su suerte, sea mejor. Es el deseo de vivir, y de vivir mejor lo que está en el origen de la militancia, que es la raíz de la vocación y de la vida monástica. Y es precisamente esto lo que san Benito quiere significar cuando pregunta en el Prólogo: "¿quien quiere la vida?". El monje es, pues, ante todo un viviente, alguien que desea vivir y vivir mejor. Es para vivir que entramos en el monasterio y no para morir, si no es al hombre viejo. Si la viva monástica no nos hace vivir, si no nos "ensancha el corazón", es que no está hecha para nosotros. Cuando un monje "se ahoga", pierde su alegría, cuando su entusiasmo le abandona, cuando deja de entregarse, y no se trata de una prueba -que siempre es pasajera- es señal de que no está en su lugar, que la vida monástica no es, sin lugar a dudas, su camino.
Es siempre la solicitud por la vida la que guía a san Benito cuando habla de les exigencias comunitarias, cuando habla de las necesidades alimenticias o de otro tipo, del trabajo o de la oración. Su preocupación es respetar las fuerzas y las posibilidades de cada uno, para que todos puedan vivir sin verse abrumados ni desanimados y sintiéndose incesantemente invitados a ofrecer con gozo todas sus capacidades. Es el "gozo del deseo espiritual" que debe mesurar la ascesis de la cuaresma. A propósito de esto… una comunidad en la que se multipliquen las excepciones en la mesa, por ejemplo, debe interrogarse, más allá de la calidad de la cocina, sobre el espacio y las condiciones de vida de los hermanos.
¿Dónde está la vida? ¿la vida para hoy? ¿la vida para mañana? Esta es la pregunta que todos deberíamos tener en el fondo de nuestro corazón ante todas las decisiones que debamos tomar. Y es a los "que viven", a los que viven para Dios, que el abad -téngalo él presente- debe conducir hasta el umbral de la muerte.
"En un monasterio"
Vivir, el deseo de vivir, el gozo de vivir, no es lo propio del monje, sino lo propio de toda vocación. En cambio, lo propio del monje es el gozo de vivir en un monasterio. Del mismo modo que el permanecer en la celda era una de las exigencias y de las características de los Padres del desierto, la capacidad de vivir en el monasterio y dentro de su recinto es una de las características fundamentales del monje de san Benito. El monasterio y su clausura son a la entera comunidad monástica lo que la cueva del Sacro Speco fue para san Benito en Subiaco: la condición para "habitar consigo mismo" y "encontrar a Dios". Es propio del "monje de san Benito" tener que renunciar a un cierto número de cosas, y en particular a una libertad de espacio y de movimientos. Es una "preferencia" por Cristo que para él se expresa y se inscribe en la elección de un espacio reducido. Hay una experiencia de uno mismo, de Dios y de la vida que solo puede hacerse privándose de un cierto número de libertades, renunciando a posibilidades legítimas. Hay una verdad, una calidad, una profundidad, una belleza de los rostros o de los paisajes que solo pueden captarse mirándolos diariamente a lo largo de la vida, solo pueden captarse si uno no se deja "distraer" por otros.
Si san Benito pide que todo lo necesario para vivir se haga dentro del recinto del monasterio, es que ha comprendido perfectamente que el corazón del monje no puede compartirse, que no puede, sin perjuicio, tener un centro de interés habitual e importante fuera de la comunidad y del monasterio.
"Bajo una Regla y un Abad"
No se puede vivir y actuar conjuntamente con otros si no hay un acuerdo sobre lo que se quiere conseguir y sobre los métodos a emplear. Al que "quiere la vida" y llama a la puerta del monasterio, san Benito le dice, cuando le presenta la Regla: "aquí tienes la ley bajo la cual quieres militar, si puedes observarla, entra, sino vete libremente" (cap. 58, 10). El monje de san Benito acepta tener una regla de vida, que no ha escrito él mismo, contrariamente a los giróvagos y a los sarabaítas, y de la que uno distinto de él es el garante y el intérprete: el abad, ayudado por el consejo de los hermanos.
Al aceptar la Regla y el Abad, lo cual no puede hacerse sin humildad y obediencia, ¿a qué se compromete exactamente el monje de san Benito? A una búsqueda de Dios que pasa por la vida de comunidad. La humildad, la obediencia, el silencio, estos valores que encontramos en toda vida religiosa, en toda búsqueda espiritual, el monje de san Benito debe vivirlos con sus hermanos y en el cuadro de su comunidad. El amor fraterno que se manifiesta en el servicio y la obediencia mutuos, es para el monje benedictino la expresión de su amor y de su búsqueda de Dios. Al pedirnos que construyamos y vivamos la comunidad en y para este amor de Dios, san Benito no hace otra cosa que hacernos observar el mandamiento que resume toda la Ley: "amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas, y al prójimo como a sí mismo".
El carisma -si es que realmente hay que utilizar esta palabra- de san Benito, se sitúa, pues, ante todo a este nivel y en este lugar secreto de la vida de comunidad vivida por amor a Dios en el monasterio. Es la aceptación y la capacidad de entregarme a Dios dándome a este número restringido de hermanos que yo no he escogido, pero que para mi deben tener la preferencia sobre todos los demás, que hacen de mi un monje de san Benito. Seré monje si, por encima de todo, me esfuerzo en hacer comunidad con ellos, si me esfuerzo a construir con ellos la comunidad. Porque son ellos los que Cristo me ha dado para que los ame en primer lugar; es ante todo con ellos, que Dios me pide que viva.
El carisma del monje benedictino es, a este nivel, del mismo orden que el de la madre de familia; en silencio y en el secreto de su amor y de su hogar, da su vida a los que ella misma da la vida. Por esto es tan difícil hablar de este aspecto, hacerlo captar o comprender. Y por esto igualmente, cuando desde el exterior nos preguntan "¿qué hacéis vosotros, los monjes?", uno siente la tentación de contestar : "¡nada!". Por esto también, para darse a la comunidad y para construir la comunidad, los monjes pueden, de suyo, hacer muchas cosas y bastante diversas. En efecto, ¿qué es lo que no han hecho los monjes en el curso de la historia y lo que no hacen todavía hoy? Por esto, asimismo, en la historia monástica, cada vez que las "obras" han tomado la primacía sobre la comunidad, la situación se ha vuelto en contra de las personas y de las comunidades. Por esto, además, aunque el orden benedictino puede enorgullecerse de haber visto florecer en su seno grandes sabios y grandes figuras, la inmensa mayoría de monjes de san Benito está constituida por la oscura y a la vez santa cohorte de monjes y monjas que, en el anonimato de los claustros y delos muros, han permitido y permiten que nuestras comunidades vivan.
Cuando la gente dice: "monje benedictino", uno piensa espontáneamente: "liturgia", con el riesgo de convertirla en el carisma benedictino. Cuando uno sabe hasta qué punto la liturgia es el reflejo de lo que se vive en comunidad, queda claro que el Oficio de una comunidad, sea cual sea su esplendor, su forma o su lengua, solo será orante y atrayente, solo hablará de Dios, en la medida en que la comunidad viva esta unidad en el amor, del cual Cristo ha dicho: "es a partir de este signo que el mundo creerá…"
Este amor fraterno en comunidad, este "construir la comunidad en el amor" con todo lo que conlleva de alegrías y penas, de paciencia y de capacidad de maravillarse, de confianza y de perdón, constituye nuestro reto, nuestra misión; esta es "la obra de Dios" a la que no debemos anteponer nada. Sobe esto será juzgado el monje de san Benito.